Aterrizaje en Kibera

“La felicidad es interior, no exterior; por tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.”
 
He creído conveniente comenzar mi relato con esta frase, ya que este sentimiento invade mi cabeza y corazón con más fuerza cada día. A lo largo de los años, he cometido múltiples errores que me han llevado a sufrir y hacer sufrir, cuando mi mayor sufrimiento era la falta de felicidad. Tenerlo todo no es ser feliz, sólo sientes esa felicidad en las pequeñas cosas.
Mi primer día paseando por las calles de Kibera abrieron una brecha en mi corazón al ver la tremenda pobreza con la que viven estas personas que, sin importarles su situación, sólo luchan por salir adelante cada día, siempre manteniendo una sonrisa envidiable. Me han abierto las puertas de su cultura, de su vida, incluso de su casa (al dormir en un pequeño cuarto construido con adobe al que llaman casa). Ofrecerme un plato de comida tan simple como el llamado «MATOKE» (plátano, patatas, tomate y cebolla) que para ellos es un lujo y que tan solo cuesta 1 euro, es un gesto tremendamente amable y bondadoso que es imposible no valorar. Es curioso descubrir que las personas que menos tienen son las más generosas. Sin tener nada, me han dado mucho más de lo que nunca me dará nadie. 

También es alucinante ver como se meten entre pequeños ríos de heces o entre montañas de basura que deben pesar toneladas, para buscar a diario cualquier cosa que les pueda proporcionar unas monedas. Tornillos, clavos oxidados, trozos de plástico o incluso zapatos rotos les sirven para venderlos en la calle. Saber que los niños optan por esnifar pegamento para eludir el hambre que tienen a diario al ser mas económico que un simple plato de arroz, te encoge el corazón. Viven bajo unas condiciones inhumanas y mientras, en remotos lugares del mapa, otras personas brindan con champán que solo la copa daría de comer a una familia entera, triste pero cierto.
Esto me hace dar cada día gracias a Dios por el privilegio de familia en la que he sido creado y sobre todo, de los lujos de los que he dispuesto, pero he de decir, que siempre bajo una educación de solidaridad y respeto al prójimo, puesto que somos privilegiados de tener lo que tenemos.
Para ayudar a estas personas no es necesario venir aquí y ver dicho sufrimiento en persona. Lo que es necesario es que TODOS seamos conscientes de esta situación, y que TODOS aportemos nuestro granito de arena para erradicar este castigo humano. Si lo piensas, cualquiera de nosotros podríamos haber estado viviendo en esta situación.
A ojos cerrados todo ser humano es igual en cuerpo, hagamos que también tengan un mínimo de dignidad al poder comer y vivir como personas.

Coco Díaz Merlo

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