BACK TO AFRICA

BACK TO AFRICA

Un sueño individual, una utopía con la que llegó Álvaro a Kenia hace unos años tan solo con una maleta, se ha convertido en el proyecto común de muchos ciudadanos kenianos y de otros muchos voluntarios que dedican sus esfuerzos e ilusión a perseguir un país libre de pobreza e injusticia social. Ha pasado justamente un año desde que estuve con Más Por Ellos la última vez. Tenía muchas ganas de volver y ver cómo habían avanzado todos los proyectos que nacían durante mi estancia el año pasado. ¡Y vaya si han avanzado! Tenía muchas ganas de volver a pasear por las estrechas y embarradas calles de Kibera, de volver a ver a toda esa gente que, en su día, marcaron una etapa muy importante de mi vida, pero, sobre todo, tenía muchísimas ganas de ver la casa de acogida de Tala en marcha, ofreciendo un hogar a una veintena de niños y niñas de distintas edades. No tengo palabras para describir lo orgullosa que me sentí hace unos días cuando, al llegar al terreno (el cual recordaba completamente vacío), me vi caminando entre construcciones, niños correteando y trabajadores ocupados con sus tareas cotidianas. Durante este año, no sólo se ha construido, sino que también se ha conseguido crear una rutina y un entorno feliz y saludable para todos aquellos que habitan en Lisha Children’s Home. 

Con mucha pena diré que casi todos los niños que viven en aquel lugar llevan a sus espaldas un pasado increíble, manchado de penuria familiar y de otros aspectos que hasta ese momento me parecían casi de ciencia ficción. Pero lo más chocante es que todos esos niños, absolutamente todos, me han observado curiosos sin dejar de sonreir. Sonrisas alegres, sonrisas sinceras, sonrisas contagiosas; sonrisas que te hacen darte cuenta de que todo en esta vida es cuestión de perspectiva. Tengo que decir que la humanidad subestima el enorme poder de una sonrisa.

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Todo cambia cuando estás en África. Vives de una manera diferente, sientes de una manera diferente e incluso miras desde un punto de vista distinto. Los colores no son iguales, las miradas son más profundas y las historias que cuentan las palmas de las manos cada vez que saludas son más intensas y te marcan para siempre. Cada vez que vuelvo a España y cuento mis aventuras y vivencias en el continente africano, la gente me mira con cara de preocupación, incredulidad y confusión. Y yo no tengo palabras para explicarme, para hacer entender todo lo que pasa por mi cabeza y mi corazón cuando paseo libremente por África. Los que hemos pasado mucho tiempo allí solemos decir E.E.A – esto es África – (o T.I.A – this is Africa-) para justificar nuestras acciones o actitudes ante ciertos momentos, y es ahí cuando nuestros padres, o por lo menos los míos, echan la mirada al cielo.

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No es que haya opacidad o falta de luz en el alma de la gente buena, que es la inmensa mayoría, sino que a menudo está ensombrecida involuntariamente por el ritmo frenético del día a día que, de alguna manera, silencia nuestra música y opaca nuestra luz. Por esta razón, es imposible explicar por qué he elegido esta vida; una vida que ahora, tras muchas luchas y mucho más tiempo, puedo decir que es mía.

Y es que la vida no está para perderla jugando a interpretar un personaje que no somos y que nos esclaviza, o encarcelados en un entorno que no nos llena, o eligiendo diariamente algo que no nos hace felices a pesar de que nos aferramos a ello por comodidad o conveniencia social. La vida es una y está para vivirla a nuestra manera, respetando a los demás y sin hacer daño, pero desde la más absoluta libertad. Muchas veces me pregunto: si todos sabemos que algún día ya no estaremos aquí, ¿por qué no hacemos realmente las cosas que queremos hacer en la vida? ¿Qué nos sucederá si lo intentamos? ¿el fracaso? ¿y es que un fracaso puntual es peor que llegar al final de la vida sin vivir como realmente queremos?

El camino menos recorrido es la mejor opción.

Inés Pérez de Barros

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