Con el corazón en un puño

Después de pelearme dos horas con los matatus consigo llegar, junto con el nuevo voluntario Douglas, a Good Samaritan – para los que no lo sepáis, es un orfanato en Kibera, uno de los peores slum de Nairobi. El objetivo de la visita es grabar unas tomas para el nuevo vídeo de septiembre que más tarde compartiremos con toda la comunidad de Más Por Ellos.

Ahora escribo desde el piso de Nairobi, pensando en volver ahí y llevarme a todos los niños que pueda al terreno de Tala, aunque aún no esté terminado (Esperemos encontrar los suficientes socios para poder abrir la casa de acogida en Noviembre).

La verdad, no encuentro palabras para explicar la experiencia que he vivido; de todas maneras lo voy a intentar porque quiero que la gente se de cuenta de que las cosas aquí están mal, muy mal. Intento aguantar las lágrimas cada vez que recuerdo la vida de estos niños huérfanos.

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Prosigo. Una vez en el orfanato, encuentro a todos los niños en el suelo preparando la cena en el mismo sitio donde he visto ratas paseando. Me enseñan mi habitación y me dispongo a grabar, aunque mi intención no dura mucho porque me veo obligado a ayudarles en su labor. Ahí están, niños de todas las edades rompiendo judías. Hasta aquí, todo eran risas porque, si hay algo que caracteriza a estos niños es que a pesar de las dificultades a las que se tienen que enfrentar cada día, te regalan siempre una sonrisa. Cuando llega la hora de cenar, alucino: un plato en el suelo para cada cuatro niños, comiendo como animales. Siento que mis palabras sean duras, pero describen la realidad. A medida que los niños terminan, van a limpiar sus platos a los baños, sí es que se les puede llamar así: unos agujeros en el suelo y un bidón de agua para ducharse. Efectivamente, los 300 niños con el mismo bidón.

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Los niños te piden comida y agua porque, como es normal, un plato para cuatro niños no es suficiente. No ayuda que tengan sus barriguitas hinchadas por comer alimentos con un alto contenido en gas o que te abracen como si de repente dejases de ser un extraño para pasar a ser el padre de cualquiera de esos niños, que lo único que necesitan es un poco de cariño.

Más tarde suben a sus habitaciones. Alucinas. Cuatro niños por colchón, colchón de no más de tres dedos de anchura. Una vez encima de las camas, los pocos que pueden ir al colegio se ponen a hacer sus deberes, otros juegan un poco entre ellos. De repente, uno de los niños mayores que ese día había conseguido algo de dinero, trae algunas bolsas de frutos secos, que reparte entre los más pequeños.

Ese día no pude dormir, me quedé en una habitación observando y pensando, ¿qué han hecho esos pequeños para tener la vida que tienen?, ¿qué puedo hacer para sacarlos de la miseria? No tuve que esperar muchas horas para ver movimiento de nuevo, porque a las 4 de la mañana se despiertan para ir a ordeñar las vacas que tienen en un pequeño terreno enfrente del orfanato. Con la poca leche que sacan preparan el té, que es lo único que toman de desayuno, aunque nunca hay para todos y muchos se quedan sin.

A los niños que, gracias a los padrinos, pueden ir al colegio les vienen a buscar con dos camiones, donde estarán de pie, apretados, durante una hora hasta llegar al colegio. Aún así, son unos privilegiados. No todos los niños de Mama Mercy pueden ir al colegio.

Estoy destrozado. Ni yo ni ningún miembro del equipo de Más por Ellos dejará que esto siga así. Si la última vez mi humildad me impidió pedirte ayuda, te la pido ahora, demos a los niños de Mama Mercy la vida que merecen. Estás a un solo clic, sé uno de las personas que ayuden a que la casa de acogida de Tala pueda abrirse para sacar a estos niños de AQUÍ.

Ger

 

 

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