EL TREN ESTÁ EN MARCHA

EL TREN ESTÁ EN MARCHA

Boyce tiene 27 años, se levanta cada día a las 5:30 de la mañana. Se lava la cara, se viste y piensa. Piensa en la suerte que tiene de que empiece un nuevo día. Medita sobre lo afortunado que es, se relaja con energía. A las 6:30, hace uso de uno de sus tesoros: las llaves de la cocina. Con amor, prepara el desayuno a todos sus compañeros. Un día maravilloso comienza. De 8:00 a 11:30, escucha a Paul, un hombre sabio, empático, sensible y no por ello menos estricto; también lee y escribe; sueña y debate consigo mismo; sueña y debate con sus amigos. Todos están en el mismo tren y como buenos compañeros de viaje, se respetan, divierten y ayudan.

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Más tarde, con sus llaves nuevamente, entra en la cocina y prepara el almuerzo. Es una gran responsabilidad alimentar a sus 15 amigos, es un gran orgullo. Entre carcajadas, anécdotas y planes de futuro, saborean comida tradicional keniana en el comedor de la casa, que está situada en un terreno verde, fértil y pacífico. Hay alguna cabra, alguna vaca y un gran huerto que cuidar. Boyce lo mima, las días pasan y los tomates crecen; el tiempo pasa y el viaje continúa.

Cuando empieza a caer la noche, coge sus llaves y todos vuelven a saborear. Ahora las cabras están cansadas; las vacas duermen. Con el estómago lleno todos cantan, se encuentran con aquél que dirige el viaje, leen un poco más y reflexionan. A las 21:30 todos se acuestan. Tienen un techo, una cama y mantas. No necesitan nada más, están viajando.

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Hace un mes y dos semanas Boyce tenía 27 años. Se despertaba tarde y no tenía agua para la cara; tampoco para beber; le costaba abrir los ojos. El dolor de cabeza no le permitía pensar ni en él, ni en su mujer, ni en su hijo de casi dos años. No tenía llaves, no tenía tesoro ni responsabilidades; se le habían olvidado. En Kibera no es fácil encontrar trabajo y menos tras una noche de excesos.

Para Boyce era difícil escuchar a los que quería ya que el vicio siempre gritaba más fuerte. Boyce no viajaba, no sabía donde estaba el tren; el fango de Kibera y las botellas de alta graduación le tenían atrapado. Aparentemente no tenía nada, pero su gran corazón ahí estaba, su valentía y consciencia también. Por casualidades de la vida, un día, el tren pasó por delante de él, entre chabola y chabola ahí estaba, pero no iba a esperar mucho. Boyce podía montarse o no, pero esta vez el vicio se acobardó y dando un brinco subió impregnando el vagón de fuerza y esperanza.

Hasta llegar a la primera parada quedan dos semanas. Dos meses en el centro de rehabilitación U- TURN FOR CHRIST serán suficientes para cerrar el pasado y emprender la vida con energía. Boyce sonríe, tiene la mirada despierta y la sonrisa constante. Es ambicioso y cree en él. Quiere continuar cerca de su mujer y de su hijo, conseguir un futuro próspero para los tres y vivir en familia, vivir en paz.

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Boyce está orgulloso de él y nosotros también. Durante nuestra última visita nos regaló una carta que nos emocionó a todos. Estas son algunas de sus frases:

“Mi vida era miserable y patética, sin principio ni final. Me habéis devuelto no sólo la esperanza, una nueva vida también.”

“Rezo por encontrar algo útil qué hacer con el fin de generar beneficios y hacer el bien sirviendo a los demás y cuidar de mi familia y no volver a ser quién era antes.”

Rocío Fairén

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