Harmony

Hace un año por estas fechas mi novia y yo estábamos volviendo de pasar un mes en un orfanato de Buea, Camerún, donde estuvimos un mes colaborando. En ese mes hicimos muchas cosas y conocimos a muchas personas, entre ellas, a Harmony. Ella era una niña de poco más de año y medio que formaba parte de los bebés del orfanato. Desde el primer momento nos llamó la atención que, con esa edad, apenas sabía andar o gatear. No tenía ningún problema físico, simplemente que cuando vives en un lugar en el que hay cinco adultos encargándose de cien niños, faltan las manos que nos ayudan a atrevernos a dar ese literal primer paso. Había unos trece bebés como ella. El sistema que se seguía cuando llegaba un nuevo huérfano bebé era asignarlo a otro huérfano de unos siete años que ya estuviese en el orfanato. Estos segundos niños eran quienes se encargaban de dar de comer a los bebés o de cambiar los trapos que hacían de pañales. Pero esos niños eran niños y los niños con siete años deben jugar y aprender, no hacer de padres. Nuestro trabajo ahí fue sobre todo ayudar a estos niños a cuidar de los bebés. Llegábamos y les alimentábamos, cambiábamos y les sacábamos de donde dormían para que no respirasen siempre el mismo aire sucio o que no estuviesen siempre tumbados sobre esas “cunas” que nunca, nunca dejaban de estar mojadas por sus propios pises. Con la pequeña Harmony nos centramos en especial. Ella comía siempre con una sonrisa en la boca y jamás dejaba de parecer feliz, le encantaba mirarnos, jugar con nuestros relojes y pulseras y tocar maravillada durante horas el pelo rubio de Elisa. Nos propusimos enseñarla a andar y poco a poco lo conseguimos de la única manera que se puede hacer, que es estando a su lado y dándole confianza. 

Ignacio y Elisa con varios bebés del orfanato
Preguntamos por su caso y nos contaron que, al contrario de la mayoría de los niños del orfanato, ella no había sido abandonada. Ella tuvo una madre y una hermana melliza que murieron en el parto. Morir en el parto es algo común en África. Murieron porque al dar a luz en una calle llena de barro y desechos fecales se cogen infecciones. Infecciones curables con antibióticos que todavía ahí no han llegado. 

Nuestro mes pasó y nos volvimos a España. Uno de los encargados del orfanato, Mr. Fritz, nos prometió escribirnos de vez en cuando para contarnos cómo iban las cosas. Su último mail llegó el veinte de agosto. En él, hacía un resumen de como iba todo y terminaba contando que Harmony les había dejado. Que a las doce de la mañana del diez de junio sin ninguna explicación había dejado de vivir. La razón era desconocida pero allí no hay autopsias que ayuden a aclararlo. Elisa y yo estábamos juntos cuando lo leímos y en ese momento se nos bloqueó el cuerpo. Todos sabemos que hay niños que mueren en África por las condiciones en las que viven pero pocas veces ese niño es una preciosa bebé llamada Harmony con las que has pasado un mes y a la que has enseñado a andar. En ese momento nos sentimos impotentes, te pones a pensar que el día diez de junio a las doce estábamos en la playa después de acabar exámenes, que podríamos haber vuelto nada más acabar exámenes, haberla llevado un hospital ese día y haberla salvado gastándonos diez euros en un médico y medicinas. Quizá no fuese eso, quizá naciese con sida y su cuerpo desde el principio estaba muriéndose desde dentro. Un día allí pregunté al encargado del orfanato que cuántos niños tenían sida. Nos dijo que no lo sabían, que la prueba para saberlo era muy cara. 

La pequeña Harmony

Te pones a pensar que tu ayudaste ese mes pero que luego te fuiste. Que volviste porque tenías tu vida aquí. Aquí, Elisa y yo (especialmente ella) ayudamos a niños que tienen problemas en Madrid, que sufren consecuencias injustas de las drogas, los abandonos y los abusos. Pero ninguno de estos niños morirán con dos años una mañana sin que nadie pueda dar una explicación. Los niños que mueren así están en otras partes del mundo, pero sobre todo en África. En Camerún, Mali, Ghana, Kenia, Etiopia o Sudán más de cinco millones de niños mueren al año de hambre, de sed y de enfermedades que aquí se curarían con unas pocas pastillas. 

Yo me fui, seguí con mi vida aquí. Pero hay gente que se fue, y que se quedó. Gente como Álvaro Pérez-Pla que marchó a Kenia y decidió seguir con su vida allí. Soñando entre otras cosas con la idea de abrir un orfanato y evitar que las injusticias como las de Harmony sucedan. 

Por todo esto quería escribir aquí. Quería poder transmitir lo más rápido posible la sensación que tengo de impotencia a la hora de no haber hecho nada para que Harmony siga en estos momentos viva. Para que todos aquellos que lean estas palabras se den cuenta de como fundaciones como Más Por Ellos y héroes como Álvaro cambian el mundo y salvan vidas. 

Ignacio Ruiz-Gallardón

«Lo difícil se hace, lo imposible se intenta.»

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