KARIBUNI – Welcome

No sé muy bien cómo expresar con palabras todo lo que se me viene a la cabeza y las impresiones que me ha provocado lo poco que he visto. Cuando aterricé en Nairobi (parece que ya llevo aquí una semana), me recogieron en el aeropuerto Álvaro y Eric y cogimos un taxi hacia el apartamento. Según nos íbamos alejando del aeropuerto y adentrando más en la ciudad, me empezaban a faltar ojos para todo lo que quería ver. Simplemente es un panorama que no se puede expresar con palabras; hay que verlo. Empezaba a aparecer gente andando al borde de la carretera, yendo a trabajar, me explicaban; puestos de sofás y somieres al borde de la carretera, un señor tirando de una especie de carretilla por un carril de la carretera como un vehículo más. Vehículos y conducción, es otra historia en Nairobi y en Kenia.


Tras dejar la maleta en el pequeño apartamento del barrio de Umoya, que comparto con Álvaro y Eric, nos dimos un paseo por el barrio buscando dónde comprar un aguacate. Para mi asombro me encontré en un seguro barrio de la capital, con calles sin asfaltar, bastante basura, y gallinas y pavos que se enfandan si les haces fotos. Hay gente encantadora que nos saluda por la calle: “Muzungu! How are you?”, con una sonrisa dibujada en la cara.

Por la tarde fuimos a Kibera, el barrio slum más grande de África. Aquí sí que me quedo sin palabras. No se si por inocente, virgen de África o por persona con unas necesidades básicas más que cubiertas, pero me quedé en estado de shock. Mirar a lo lejos y ver un mar de tejados naranjas de un metal ondulado, calles por supuesto sin asfaltar y todo lo contrario a llanas, llenas de basura, metales, plásticos; una especie de zanjas a un lado de la calle por las que discurre un líquido que no se qué es pero me lo imagino, cabras y gallinas que comen toda esta mierda andando por las calles al lado de la gente es algo que, aunque me lo hubiesen contado, no me podía imaginar.


Esperamos a que nos atiendan en el colegio donde Lisha Mtoto colabora para escolarizar niños. En la puerta, vemos a cinco niños que jugaban en una carretilla. Una niña de unos dos años que iba descalza por Kibera, y otro tenía una llave en la boca y jugaba a chuperretearla; todo esto en un país con un 20% de SIDA . Luego veías varios colegios, comercios tipo peluquerías, puestos de fruta, puestos para arreglar móviles etc y gente que parece feliz, todo esto en un panorama que a mí no me entraba en la cabeza. Realmente hace falta ayuda. Yo misma antes de venir aquí no sabía muy bien hasta qué punto era necesario educar con lo que yo entendía que era un sistema educativo europeo u occidental a esta gente que tiene otra cultura totalmente diferente.

Más tarde estuve hablando con Eric y Álvaro sobre esto y concluí que construir colegios y conseguir que los niños reciban una educación no consiste en imponer una enseñanza que quizás viene de Europa, sino de enseñar a pensar y dar las herramientas para decidir. Eric decía “en el cole estudias el teorema de Pitágoras, pero en Kenia nunca nadie se ha inventado un teorema, sólo se estudian los de otros”. Nuestra respuesta inmediata y lógica fue que en España también te tienes que estudiar de memorieta el teorema de Pitágoras, pero cuando eres mayor y has recibido una educación secundaria y universitaria y decides que quieres hacer una tesis sobre geometría, te pones a ello y tal vez también descubras tu propio teorema.

El problema de Kenia es que la educación primaria es gratuita (en los colegios públicos, pues hay muchos otros colegios como éste de Kibera en que hay que pagar lo necesario para cubrir la manutención del centro y el personal, comida de los niños etc); hasta ahí bien. Pero la educación secundaria no es gratuita en ningún caso, y mucha gente no puede pagarla ni tiene un colegio de secundaria cerca al que poder ir. Y ya ni hablar de la Universidad, a la que sólo asisten becados los muy buenos estudiantes. Por eso parece (es un poco la impresión que me ha dado con lo que me han ido contando) que aquí la gente tiene interiorizado que hay que ir al cole de primaria, pero una vez terminado, como para la secundaria hay más problema, no se estudia, se trabaja en lo que toque para ayudar en casa. Por eso es una empresa china la que ha venido a diseñar, y sus trabajadores a construir, la única autopista que hay en Kenia.

Es una cultura muy peculiar, con contradicciones muy curiosas. Se respira un ambiente que no sé describir; como muy “pancho”. La gente está tranquila y no tiene prisa, creo que eso es parte del encanto que tiene y que te hace estar tan a gusto. Por ejemplo, vamos andando para coger un matatu porque tenemos que llegar a algún sitio, y en el camino nos paramos tranquilamente a hablar con Mr. Joel, un señor que trae madera del Congo y hace camas de forma completamente manual. Le saludamos con un apretón de manos en su taller al borde de la carretera y nos cuenta cómo le va el negocio, Álvaro le pregunta un poco por precios, tiempos de producción y demás detalles con los que se va quedando con vistas a amueblar el futuro orfanato. Después de hablar un rato, seguimos nuestro camino. Así funcionan las cosas aquí.

Os seguiré contando mis impresiones de Kenia pero, de momento, tengo que decir que estoy encantada de poder ayudar a hacer crecer Más Por Ellos.

Bea Martínez Torres
Es la primera voluntaria de Más Por Ellos. Está ayudando a Álvaro a montar nuestra delegación en Kenia. «Los sueños serán sólo sueños hasta que te decidas y trabajes para hacerlos realidad.» (Anónimo)




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