menú

Karibu Kenia

Cuando pregunto a mi amigos sobre qué es lo primero que se les viene a la cabeza cuando piensan en Kenia, algunas de sus respuestas son desigualdad, pobreza, malaria o falta de oportunidades. Y es verdad. Sería una ilusa si negara que no existe una gran diferencia tanto económica como social entre una élite reducida y una mayoría poblacional, o que esta segunda muchas veces no cuenta con recursos suficientes para cubrir necesidades que en el mundo occidental consideramos básicas. Sin embargo, algunas de las respuestas me han dado algo de esperanza, al ver que a pesar del gran desconocimiento que hay sobre el continente africano, afortunadamente mucha gente ve más allá de los estereotipos establecidos y promovidos por los medios de comunicación. Hay realidades que todo el mundo conoce, pero otras muchas que no se muestran y hacen que tengamos una imagen distorsionada de esta maravillosa parte del mundo. Yo misma nunca había estado en África. Seguramente, hace nueve meses hubiera respondido de la misma manera que mis compañeros. Pero he tenido la gran fortuna de conocer y vivir experiencias que han opacado estos conceptos negativos que consciente o inconscientemente a todos nos vienen a la cabeza al hablar de cualquier país africano. Kenia es un país de contrastes, que cuenta con un extraordinario tesoro que da vida a su gente y cultura, la diversidad. Con más de cuarenta y cinco comunidades, distribuidas a lo largo y ancho de su tierra, cada una de ellas posee su propia lengua, tradiciones y costumbres. Los más conocidos, tal vez por conservar tradiciones ancestrales y no sumarse a la tendencia global, son los Masai. Pero existen los Kikuyus, Luos, Luhyas, Kambas o los Swahili (quienes dan nombre al idioma oficial del país junto con el inglés). Cada tribu, históricamente ha pertenecido a diferentes zonas geográficas, donde los contrastes paisajísticos y meteorológicos han influido en sus formas de vida. Kisumu, a las orillas del lago Victoria, donde conviven los Luo, Luhya, Kisii o Nandis, es conocido por su buen pescado y por ser una de las ciudades más importantes de Kenia. Los Kamba, ubicados en la parte central este, son expertos de la ganadería y conocidos por sus comunidades vecinales y buen humor. La parte sur del país es una de las mayores atracciones turísticas dada su naturaleza salvaje e intacta. Los parques nacionales de Masai Mara, Amboseli o Shavo son destinos de innumerables safaris para poder ver leones, elefantes, cebras, jirafas, leopardos, rinocerontes y muchos más. A lo largo de la costa keniana, Mombasa, Malindi, Kilififi o Lamu, se encuentran playas paradisíacas de arena blanca y agua cristalina, además de una increíble mezcla de culturas como la india, árabe o africana. Y Nairobi, con sus calles caóticas, noches eternas y música constante. Podría seguir hablando eternamente sobre la maravillosa diversidad de Kenia, pero sería como hacer un spoiler a un buen libro de aventuras. A veces el contraste de todas estas lenguas, tradiciones, paisajes, bailes y colores, nos hacen olvidar su origen, la gente. Tras el tiempo que he vivido aquí, si me preguntaran qué es lo primero que me viene a la cabeza cuando oigo Kenia, es su gente. Su carácter abierto, su forma de darte la bienvenida, de felicitarte por cualquier cosa, de ayudarte cuando lo necesitas y no lo necesitas, de ser optimistas y llevar las cosas adelante cuando tú no lo ves claro para nada… Mi estancia en Kenia está llegando a su fin, y puedo decir que me considero una gran privilegiada por haber vivido y conocido este país de la manera en la que lo he hecho. Kenia no es África, pero sí una parte de ella que me motiva a seguir conociendo otros países africanos y dejar atrás los estereotipos construidos hacia ellos. Por último, os animo a que lo viváis por vosotros mismos, y podáis descubrir todo lo que yo he podido y no he podido descubrir. KARIBU KENIA! BIENVENIDOS A KENIA! Olatz Arana, voluntaria de KUBUKA

Un rincón al sur de África, donde madrugar no existe, se llama KUBUKA…

…donde el color de la arena se transforma y se va moviendo a través de repentinos remolinos que se forman y la transportan; donde encontrarse mal o tener un mal día no se contempla, se llama “webo webo” y con un poco de música se puede convertir, no en el mejor día de tu vida, pero casi. Donde el esfuerzo no tiene porqué llamarse trabajo, sino que es natural y siempre se hace con una gran sonrisa; donde el presente es presente realmente y el futuro es prescindible. Donde el sol es una gran bola de fuego y tanto visualmente como literalmente sale por el este y se esconde por el oeste. Donde la luna aparece de forma horizontal hasta volverse un círculo perfecto. Donde las estrellas son tantas, que sería imposible comprarlas, contarlas, regalarlas… Donde las sonrisas son tan puras que se vuelven indescriptibles. Donde nunca sabes si aciertas hablando tonga, nyanja o bemba, ya que Zambia es un país que tiene 72 lenguajes distintos. Donde los diferentes saludos tienen sus normas y donde conseguir un abrazo significa realmente confianza; donde darse la mano entre amigos es natural. Un lugar… Donde los paisajes te muestran lo increíble que es la naturaleza. Manadas de elefantes, jirafas pestañeando, cocodrilos descansando, monos y ciervos correteando hasta que llega la leona, entonces la sabana se paraliza, los animales miden sus pasos y las normas de la naturaleza se hacen visibles. Donde el agua de las cataratas Victoria roza la piel mientras se contempla, casi desde un precipicio, la inmensidad de las mismas. Un lugar donde existe falta de educación, sanidad, y desigualdades sociales, pero a pesar de ello, del que tenemos mucho que aprender. Me quedo con el sonido de la máquina de coser mientras Mary convertía, con el movimiento de sus pies, los chetengues en maravillas hechas a mano. Con cómo Víctor, a partir de un hueso de vaca, conseguía tallar pequeños nyami nyamis con millones de detalles. Me quedo con los paseos descalza por las calles de Mwandi, mientras se acercaban niños gritando Mzungu, locos de alegría por abrazarte aunque, en realidad, la que se volvía loca de alegría era yo. Me llevo a Judith, su fortaleza y entereza, su huerto, su granja y la sensación de cercanía y confianza que sentí sin apenas haber compartido unas cuantas palabras. Me llevo a la enfermera de Kasiya, que ataviada siempre con su cofia en forma de barco de papel, conseguía dar tratamientos médicos preventivos y curativos a la comunidad de Kasiya, registrando los historiales en papeles desde el año de la polca, visibles en la entrada de la clínica en el armario de la izquierda, y formalizando los periodos en los que las enfermedades son más probables a través de unas gráficas trazadas sobre un folio con un lápiz y apoyadas con un trozo de celo sobre la pared. Me quedo con la gentileza y disponibilidad de Mr Chairman, ofreciéndose, por ejemplo, a recorrerse kilómetros hasta Town únicamente para ir a comprar una botella de aceite. Me llevo nuevos sabores, a nshima, shampo, frites… al principio difíciles de digerir con las manos y finalmente repitiendo porque con el paso de los días me acabaron pareciendo una delicia. Me quedo con la actitud, las miradas, las sonrisas y el modo de enfrentar la vida de Joselete, Edgar y Joseph, porque me han enseñado que quejarse no vale la pena, que no está dentro de sus planes y que los problemas siempre se pueden resolver con buen humor. Me quedo con la satisfacción de Mónica al saber que disfrutábamos con los platos que nos preparaba. Me quedo con la acogida y convivencia con Flavia y todas las niñas. Me quedo con el profesor de Kasiya, su ansia por enseñar y con su invitación a presenciar una misa, cuanto menos curiosa. Me llevo el recogimiento, acogida y despedida de Joyce, directora de NGO KUBUKA Zambia, una mujer implacable y que transmite algo especial que contagia. Me llevo las ganas de vivir y de aprender tanto de niños como de adultos, que no querían que terminasen las clases y, no solo eso, sino que se tuvo que ampliar el número de las mismas, esas ansias por saber me vuelven loca y me hacen entender que además de todo lo que recibes algo se aporta. Y, en general, me quedo con Livingstone, miro a las mujeres llevando barreños sobre la cabeza vendiendo sus productos en el Green Market y me quito el sombrero, me quedo con Maramba, con los colores de los chetengues, con los recorridos en furgoneta llevando a 11 voluntarios. Me quedo con el grupazo de voluntarios y con el equipazo de compañeros de KUBUKA, porque sin su trabajo, pasión, esfuerzo, dedicación y entereza, no podría narrar nada de lo descrito anteriormente. Y, por supuesto, me quedo con haber conseguido cumplir mi sueño, con lo orgullosa que me siento y, sobre todo, con todo lo que me llevo, porque pangono pangono se puede llegar hasta donde uno quiera. María Brandariz, voluntaria de KUBUKA

Buscar