TIERRA EN LAS MANOS

TIERRA EN LAS MANOS

Hace unos meses, Más Por Ellos contactó conmigo a través de mi amiga Paloma Folache. La idea parecía sencilla, estudiar la viabilidad de construir con adobes en Kenia, ya que las viviendas cercanas a la casa de acogida en construcción de Tala son de este material. Tras analizar los costes minuciosamente, valoramos que con el coste de un metro cuadrado de pared de piedra, podríamos construir entre 8 o 10 metros de adobes. Más Por Ellos no perdió el tiempo y pusimos en marcha un equipo de trabajo para que los siguientes proyectos a ejecutar sean con adobes.

A mi llegada a Tala, el trabajo se dividió en dos aspectos principales: dejar la cimentación del nuevo edificio concluida y dejar a un equipo de personas haciendo adobes, para en verano poder realizar la construcción del edificio.

La cimentación del nuevo edificio fue relativamente sencilla, el terreno presentaba piedra a partir de los 80 cm de profundidad, por lo que excavamos para apoyar el edificio en ella. Los trabajadores estaban bien cualificados para el trabajo y eso lo simplificó bastante. Mis aportaciones fueron mínimas, y se redujeron a enseñarles a utilizar las «camillas» como elementos auxiliares durante el replanteo, y posteriormente, a comprobar las triangulaciones con el triángulo 3-4-5, o triángulo pitagórico, con el cual podemos comprobar que las paredes forman ángulos de 90º perfectos.

La complejidad vino en la elección de los materiales para el hormigón, ya que no existen canteras ni centrales de hormigonado como aquí las conocemos. Allí la arena la sacan de los ríos, cargándola con palas en una camioneta, y la grava (no hay en los ríos cercanos) la sacan machacando piedras de gran tamaño con martillos. Fue complejo conseguir una granulometría progresiva, pero lo conseguimos con esfuerzo, búsqueda y ¡regateo de precios! Realizamos unos primeros 10 cm de hormigón de limpieza que nos sirvieron para probar distintas dosificaciones de granulometrías, unos 30 cm de zapata de hormigón armado, y sobre esta, colocamos piedras hasta unos 40 cm sobre la rasante del terreno para evitar ascensos de agua, o deterioro por salpicaduras de lluvia (en España se hacía así históricamente) y a esta parte se le llamaba zócalo. Ya sobre este zócalo de piedra, los voluntarios colocarán los adobes este verano para dar forma al nuevo edificio.

Sin duda, los adobes han ocupado la mayor parte de mi tiempo y dedicación. El primer día que llegué empecé a recorrer la parcela, buscando los distintos tipos de suelo que aparecían en ella a diferentes profundidades y analizándolos de manera individual. Reconocí 5 tipos de suelo diferentes, con propiedades bastante distintas. Ya los siguientes días empecé a analizar mezclas entre los distintos suelos y a recorrer las viviendas de los alrededores para preguntar de dónde habían sacado ellos la tierra para sus viviendas y el motivo. Siempre he creído que nuestra misión como Arquitectos parte de entender lo que cada cultura hace en cada lugar, y tras entenderlo, aportar un grado de innovación, por lo que es muy importante empaparse del conocimiento y técnicas constructivas regionales.

Analizadas las mezclas más optimas, empezamos a ver las necesidades de la ONG en la parcela, ya que vamos a tener que retirar bastante tierra, y quería que ese desmonte, zanja o pozo que íbamos a producir tuviera una función dentro de la parcela. Elegimos finalmente una mezcla de tierras que nos permitía nivelar una zona de la parcela, y hacer un pozo de acopio de aguas de lluvias para el huerto. 

Ya clara la dosificación de las tierras, lo siguiente era empezar a hacer unos 100 adobes, para comprobar que las pruebas anteriores eran correctas, y empezar a probar fibras vegetales, ya que la paja es bastante cara, y difícil de conseguir, por lo que estuvimos probando con las «malas hierbas» (que no son malas) que había en la parcela, y con virutas y desperdicios de madera que podíamos encontrar fácilmente. Empecé a realizar distintas amasadas, de unos 50 adobes cada una con distintos porcentajes de fibras, y pasó lo que ya pude comprobar que es universal, los niños y el barro se llevan muy, muy bien.

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Tímidamente, los primeros niños se acercaban con curiosidad, y empezaban a manosear y a ayudarme a mezclar. Segundos más tarde, ya estaban descalzos pisando el barro conmigo y transformando esa labor en una fiesta, llena de risas, gritos y mucha diversión. Los gritos de los pequeños, atrajeron a los mayores y a los profesores y voluntarios. Todos juntos empezamos a hacer adobes en aquella fiesta, los niños se turnaban para levantar el adobero y experimentar esa sensación mágica, en la que con un suave deslizamiento de la madera, el barro antes amorfo, adquiere la forma lisa, suave y brillante de un ladrillo. Fue precioso, y los niños salieron refortalecidos, ya que jugando aprendieron algo que les puede ser muy útil en el futuro, se sintieron útiles formando parte de la construcción que les cobijará en el futuro y quemaron energías, que como buenos niños que son, tienen muchas.

Durante el secado de los adobes, vi muchísimas termitas, que buscando la frescura se introducían en el adobe, por lo que descarté la utilización de residuos madereros, aunque su comportamiento mecánico era muy bueno. El resto de fibras también lo descarté porque suponían un sobre coste innecesario, ya que la dosificaciones de tierras elegidas, ya daba un buen comportamiento mecánico a flexo-tracción, y porque durante el secado no se producían fisuras en los adobes. Una vez más, la experimentación y el análisis crítico me hacían volver a lo vernáculo, ya que en aquella zona no se utilizan fibras en la construcción de adobes, aspecto que me sorprendió durante las charlas y visitas a los edificios vecinos.

Ya solo faltaba el equipo de personas a formar. Cuando llegué, me sorprendió mucho la tendencia tan alta de hombres que abandonaban a su familia o que incluso compartiendo vivienda, se despreocupaban de ella, gastando la totalidad de sus salarios en alcohol los días de cobro. Para evitar este comportamiento, se nos ocurrió copiar una iniciativa que un amigo impulsó en México: Adobe for Women. Tras consultarlo con Más Por ellos, la iniciativa les encantó, y tuve luz verde para buscar y organizar a mujeres, y formarlas en hacer adobes.

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De esta manera, formaríamos un equipo o cooperativa de mujeres que aprenderían a realizar adobes y a construir con ellos. Formar a este equipo de mujeres fue un placer, y mi percepción fue la de crear un equipo mucho más constante, trabajador y sobre todo detallista que el que podríamos haber conseguido con hombres. Además, nos asegurábamos de que el dinero que se pagaba por la construcción del nuevo edificio repercutía en la calidad de vida de las familias cercanas (comida, ropa, higiene, educación de los niños) de una manera mucho más efectiva. Esperamos de corazón que esta formación que reciben, les sirva para continuar trabajando en el futuro generando una base económica duradera para las familias y la zona.

Aunque en Tala (hemisferio Sur) estaba comenzando el invierno, el calor y sol eran muy fuertes. La falta de control urbanístico o forestal de la zona por las autoridades, está generando una grave deforestación. Sumando estos dos factures, traté de realizar otros inventos que ya había visto y testado en otras construcciones en España:

Un horno solar para poder cocinar la mayoría de comidas locales sin leña. Medí las ollas utilizadas en el orfanato diseñando un horno en el cual funcionen bien y puedan hacer las comidas, que siempre utilizan legumbres o arroz hervido. Lo bonito fue que lo hicimos todo con material sobrante de la carpintería, por lo que la inversión se redujo a la compra de un rollo de papel albal y otro de papel film. Durante estos trabajos contamos con la indispensable ayuda de Patrick, un carpintero muy cualificado que trabaja allí, y que tiene una insaciable curiosidad que le hace pensar y mejorar todo, por lo que él también disfrutó enormemente de esta experiencia.

horno

Un sistema para calentar agua para duchas u otros usos pintando garrafas de agua de negro. Como el agua que los voluntarios beben se compra en garrafas de 20 litros, se me ocurrió invertir en un spray de pintura negra, y pintarlos. Simplemente se llenan de agua y se dejan al sol. En 4 horas el agua de la garrafa ya está muy, muy caliente (casi ni se puede tocar) por lo que para una ducha media de un niño solo se gastan unos 5 litros de este agua. Es un sistema que funciona, pero aún hay que mejorarlo para que sea más sencillo de utilizar. Lo positivo es que los niños enfriados pueden ducharse con agua caliente gratis, y sin necesidad de consumir leña ni generar CO2.

Como valoración personal, quiero añadir lo contento que estoy de haber aportado mi granito de arena a este proyecto, y sobre todo de haber conocido de primera mano el funcionamiento de esta ONG. Más por Ellos es un ejemplo de organización a seguir, por la vocación desinteresada tanto de sus fundadores, como de los voluntarios que la hacen posible. Unas grandísimas personas que te acogen con los brazos abiertos, con el único objetivo de mejorar la calidad de vida de los niños en Kenya.

Pedro Bel

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