Un rincón al sur de África, donde madrugar no existe, se llama KUBUKA…

Un rincón al sur de África, donde madrugar no existe, se llama KUBUKA...

…donde el color de la arena se transforma y se va moviendo a través de repentinos remolinos que se forman y la transportan; donde encontrarse mal o tener un mal día no se contempla, se llama “webo webo” y con un poco de música se puede convertir, no en el mejor día de tu vida, pero casi.

Donde el esfuerzo no tiene porqué llamarse trabajo, sino que es natural y siempre se hace con una gran sonrisa; donde el presente es presente realmente y el futuro es prescindible.

Donde el sol es una gran bola de fuego y tanto visualmente como literalmente sale por el este y se esconde por el oeste. Donde la luna aparece de forma horizontal hasta volverse un círculo perfecto. Donde las estrellas son tantas, que sería imposible comprarlas, contarlas, regalarlas…

Donde las sonrisas son tan puras que se vuelven indescriptibles.

Donde nunca sabes si aciertas hablando tonga, nyanja o bemba, ya que Zambia es un país que tiene 72 lenguajes distintos.

Donde los diferentes saludos tienen sus normas y donde conseguir un abrazo significa realmente confianza; donde darse la mano entre amigos es natural.

Un lugar…

Donde los paisajes te muestran lo increíble que es la naturaleza. Manadas de elefantes, jirafas pestañeando, cocodrilos descansando, monos y ciervos correteando hasta que llega la leona, entonces la sabana se paraliza, los animales miden sus pasos y las normas de la naturaleza se hacen visibles.

Donde el agua de las cataratas Victoria roza la piel mientras se contempla, casi desde un precipicio, la inmensidad de las mismas.

Un lugar donde existe falta de educación, sanidad, y desigualdades sociales, pero a pesar de ello, del que tenemos mucho que aprender.

Me quedo con el sonido de la máquina de coser mientras Mary convertía, con el movimiento de sus pies, los chetengues en maravillas hechas a mano. Con cómo Víctor, a partir de un hueso de vaca, conseguía tallar pequeños nyami nyamis con millones de detalles.

Me quedo con los paseos descalza por las calles de Mwandi, mientras se acercaban niños gritando Mzungu, locos de alegría por abrazarte aunque, en realidad, la que se volvía loca de alegría era yo.

Me llevo a Judith, su fortaleza y entereza, su huerto, su granja y la sensación de cercanía y confianza que sentí sin apenas haber compartido unas cuantas palabras.

Me llevo a la enfermera de Kasiya, que ataviada siempre con su cofia en forma de barco de papel, conseguía dar tratamientos médicos preventivos y curativos a la comunidad de Kasiya, registrando los historiales en papeles desde el año de la polca, visibles en la entrada de la clínica en el armario de la izquierda, y formalizando los periodos en los que las enfermedades son más probables a través de unas gráficas trazadas sobre un folio con un lápiz y apoyadas con un trozo de celo sobre la pared.

Me quedo con la gentileza y disponibilidad de Mr Chairman, ofreciéndose, por ejemplo, a recorrerse kilómetros hasta Town únicamente para ir a comprar una botella de aceite.

Me llevo nuevos sabores, a nshima, shampo, frites… al principio difíciles de digerir con las manos y finalmente repitiendo porque con el paso de los días me acabaron pareciendo una delicia.

Me quedo con la actitud, las miradas, las sonrisas y el modo de enfrentar la vida de Joselete, Edgar y Joseph, porque me han enseñado que quejarse no vale la pena, que no está dentro de sus planes y que los problemas siempre se pueden resolver con buen humor.

Me quedo con la satisfacción de Mónica al saber que disfrutábamos con los platos que nos preparaba.

Me quedo con la acogida y convivencia con Flavia y todas las niñas.

Me quedo con el profesor de Kasiya, su ansia por enseñar y con su invitación a presenciar una misa, cuanto menos curiosa.

Me llevo el recogimiento, acogida y despedida de Joyce, directora de NGO KUBUKA Zambia, una mujer implacable y que transmite algo especial que contagia.

Me llevo las ganas de vivir y de aprender tanto de niños como de adultos, que no querían que terminasen las clases y, no solo eso, sino que se tuvo que ampliar el número de las mismas, esas ansias por saber me vuelven loca y me hacen entender que además de todo lo que recibes algo se aporta.

Y, en general, me quedo con Livingstone, miro a las mujeres llevando barreños sobre la cabeza vendiendo sus productos en el Green Market y me quito el sombrero, me quedo con Maramba, con los colores de los chetengues, con los recorridos en furgoneta llevando a 11 voluntarios.

Me quedo con el grupazo de voluntarios y con el equipazo de compañeros de KUBUKA, porque sin su trabajo, pasión, esfuerzo, dedicación y entereza, no podría narrar nada de lo descrito anteriormente.

Y, por supuesto, me quedo con haber conseguido cumplir mi sueño, con lo orgullosa que me siento y, sobre todo, con todo lo que me llevo, porque pangono pangono se puede llegar hasta donde uno quiera.

María Brandariz, voluntaria de KUBUKA

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